TRADUCCIÓN DEL SUEÑO AMERICANO
La gran mayoría de las veces no he tenido problemas con las traducciones hechas desde el idioma inglés hacia el castellano, pero he notado que si no son escrituras más o menos coloquiales, el asunto cambia radicalmente. Tal fue el caso cuando me tocó corregir la novela escrita por una persona que había conocido hacía mucho tiempo por intermedio de un amigo común. En efecto, mi amigo Manolo me había presentado a Carlos en una ocasión, los tres compartíamos el gusto por la lectura y por la música. En ese momento Manolo se encontraba con demasiada carga laboral pues tenía que presentar una serie de cuentos que había escrito en la Argentina durante un concurso que había en ese país a propósito de ese género. Paralelamente al concurso debía seguir trabajando en unas traducciones con las que ya se había comprometido hacía cosa de dos semanas.
En este contexto apareció Carlos de buenas a primeras con un tremendo manuscrito que había estado escribiendo, al parecer sin esgrimir mayores comentarios. Al menos ni Manolo ni yo teníamos conocimiento del proyecto de Carlos. Lo que sí sucedía era que Carlos escribía ensayos cortos de no más de cinco páginas, lo hacía constantemente, quizá dos veces por semana en promedio y éramos Manuel y yo quienes lo corregíamos durante las reuniones musicales que teníamos, era una oportunidad para confraternizar y afinar nuestros respectivos estilos. Ya que usé la palabra estilo, debo decir que Carlos era un poco excéntrico por decirlo menos, la verdad era que no andaba en sus cabales del todo y no me refiero sólo a la hora de escribir. Recuerdo que las primeras veces que compartimos actividades juntos fue cuando estábamos en plena adolescencia, éramos un grupo de cinco o seis amigos y a veces íbamos a la playa, de buenas a primeras, en mitad de una conversación, Carlos se ponía e pie y empezaba a tirarnos arena en la cara. La primera vez que esto sucedió nos sorprendió mucho pero en las sucesivas veces quedamos alertados de su errático comportamiento. Al margen de estas desconexiones, puedo decir que era un buen amigo, no podías confiar en él, pero era buen amigo.
Como digo, Carlos se presentó con su proyecto bajo el brazo y, como Manolo andaba atareado, me tocó a mí ser el corrector de la novela. No estaba muy animado de corregir el voluminoso manuscrito porque supuse que la personalidad errática de Carlos había tenido diversas manifestaciones en el tiempo otorgado por su novela de largo aliento. No me equivoqué. La novela en cuestión se ubicaba en nuestros primeros años como amigos, las descripciones eran bastante detalladas, la ficción en la justa medida y por supuesto que Manolo y yo éramos personajes dentro de su obra. Me fui metiendo en la obra y descubrí muy pocos errores, al menos en las veinte o treinta primeras páginas, sin embargo lo difícil estaba por venir. En páginas sucesivas, me topé con uno de los capítulos más tiernos que Carlos había plasmado en su novela, se trataba de la ocasión en que le tocó dar su primer beso y, para mi sorpresa, yo era uno de los personajes de la escena, indirectos afortunadamente. Carlos había recreado muy bien la escena narrando al detalle la ocasión en la que asistimos en compañía de nuestros otros amigos a una discoteca de la capital por aquellos años, principios de los años noventa. La descripción del lugar era perfecta y metía al lector en la escena, la fila para entrar en la discoteca, nuestra carencia de documentos, nuestro nerviosismo, el alcohol que ingerimos antes del ingreso, la ubicación y las luces de la discoteca. Escenas comunes, etc.
La escena principal del capítulo se refería a la conspiración del beso que había dado Carlos a una chica de la discoteca. En aquella ocasión, nos topamos con un grupo de chicas tan numeroso como el nuestro, sin pensarlo mucho avanzamos hacia el banco de peces que la noche nos ofrecía y comenzamos a sacarlas a bailar una por una. En esos momentos Carlos quedó rezagado y de reojo vi que fue el último que sacó a bailar a una de las chicas, luego de eso cada uno tomó su rumbo y nos perdimos en la noche. Carlos era muy reservado con respecto a sus encuentros y no tuvimos noticias de lo que le pasó después. Ahora que corregía la novela me vine a enterar que en aquella ocasión, Carlos había dado y recibido su primer beso en la boca y en circunstancias muy particulares pues no lograba una comunicación muy efectiva con la chica en cuestión. ¿Por qué? La joven era americana y no hablaba un ápice de castellano. Ahora me tocaba a mí adentrarme en la perturbada mente de mi amigo y llevar al castellano la bizarra escena en la que participó Carlos.

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