PRESERVANDO EL INGLÉS
A veces uno se siente tan experimentado que cree conocerlo todo, que cree haberlo visto todo. Esto puede ser producto de la edad avanzada de una persona que ha estado en constante actualización a través de la lectura de los diarios y la observación de las noticias en la televisión. Existen personas que no pueden pasar un día sin ver al menos dos noticieros. Pero la experiencia también puede asistir a una persona joven y madura que ha sabido sacarle el máximo partido a su estancia en esta vida, lo ha hecho de la misma forma que la persona de edad avanzada de nuestro ejemplo, consumiendo las noticias pero además ha tenido la oportunidad de someter sus teorías en el laboratorio de la calle. En este punto, incluso lleva una ventaja pues en épocas anteriores, el ritmo de vida no era tan frenético como el de la actualidad. Hoy en día, hay muchas experiencias que se aprenden mejor en la calle. Dicho esto quería contarles, algo que, como insinué, me sorprendió.
El hecho sucedió apenas el fin de semana pasado. El día sábado lo pasé en casa aprovechando para poner orden en mi biblioteca, se había acumulado una ruma de discos que debía limpiar y clasificar, además tenía que limpiar y encapsular el cableado del ordenador que era un tema pendiente hacía mucho tiempo. Por diversos motivos este orden se había dilatado, pero en esta ocasión la oportunidad se presentó porque mi mujer pasó todo el día cuidando a su hermana ya que ésta había sido operada el día viernes de la semana pasada. Era una operación relativamente sencilla que le daba a mi cuñada la oportunidad de ser dada de alta el lunes, sin embargo, la familia de mi mujer es de la idea de hacer turnos de guardia para vigilar el proceso de recuperación de cualquier miembro de la familia que es hospitalizado. Fue así que mi mujer tomó el turno del sábado y se quedó a pernoctar en el hospital, que por cierto no quedaba muy cerca de su casa. Como dije, ese sábado lo dediqué por entero a ponerme al día en el orden de mis cosas y había planeado levantarme muy temprano el domingo para ir a recoger a mi mujer del hospital.
Ese sábado programé el despertador para que suene a las seis de la mañana y luego me acosté, satisfecho y rendido por el día de trabajo que había tenido. Fueron ocho horas de sueño reparador y le gané al despertador por cinco minutos. Me levanté sin prisas y tomé un breve desayuno antes de salir. El camino hacia el hospital me tomó alrededor de treinta minutos en auto y llegaba hasta sus puertas apenas pasadas las siente de la mañana. Una vez dentro, reparé en el hecho de que no conocía el número de la habitación donde se hallaba internada mi cuñada, así que solicité me informaran en la recepción, todo el ambiente estaba muy tranquilo y, a diferencia de otros hospitales, este no se encontraba “cargado” de energías depresivas. La habitación en cuestión se encontraba en el tercer piso, mismos que salvé utilizando las escaleras pues cuando me topo con una edificación nueva, prefiero no hacer uso del elevador. Cuando llegué al cuarto de mi cuñada, ésta se encontraba recostada con un excelente semblante, como dije, la operación era bastante sencilla y no requería de un largo proceso de recuperación. A su costado, sentados en un sillón se encontraban su esposo y su hermana, mi mujer. Mi cuñado había llegado hacía unos minutos pues tenía que hablar con el doctor que operó a su mujer antes que terminara su turno y se retirara, era importante pues el médico se comunica mejor en su idioma natal, el alemán, lenguaje también dominado por mi cuñado. Saludé a todos y al parecer, mi llegada era muy esperada, más de lo normal. La razón era que me esperaban para salir a la cafetería a tomar desayuno. Así lo hicimos y los tres bajamos a desayunar, yo prácticamente de acompañante pues ya había desayunado antes de salir.
Una vez abajo, en el primer piso, nos dirigimos a la cafetería que, para nuestra sorpresa, aún no estaba operativa. Entonces decidimos salir en busca de algún restaurante cercano, mismo que encontramos a menos de cien metros del hospital. Mi mujer y mi cuñado ordenaron el desayuno y lo devoraron en poco tiempo, estaban hambrientos sin duda. Luego regresamos al hospital y, cuando ya estábamos por subir las escaleras, sonó el móvil de mi mujer, era su hermana quien le indicaba que por favor le comprara papel higiénico. Yo estaba más descansado así que me ofrecí a ir a comprar el papel. Había visto una farmacia enfrente del hospital y hacia allí me dirigí. Una vez dentro, tomé dos rollos de papel higiénico de uno de los escaparates y me dirigí a la caja a pagar el importe. Mientras procesaban mi pago, levanté la mirada y vi que de un escaparate practicado en el techo, colgaban varios productos en venta, había corta uñas, otras pinzas y los acostumbrados preservativos, nada nuevo –pensé- pero uno de los preservativos me llamó la atención. Afiné la vista y pude leer “Fuego” junto con la representación gráfica de una llamarada y un logo escrito en idioma inglés que decía “Heat up your experience”. Era increíble nunca había visto nada similar y por primera vez, a mis treinta y tres años, sentí vergüenza de preguntar por ese producto.

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